El descubrimiento del transistor, el 16 de diciembre de 1947, por John Bardeen y Walter Brattain, en los laboratorios Bell de AT&T (1), inició una revolución científica y tecnológica que desembocó, entre otros aspectos, en el Valle del Silicio, la era espacial, el armamento de alta tecnología, las computadoras personales, los walkmans e Internet. El transistor devino en la célula nerviosa de la era de la información al existir casi un billón de transistores en la superficie de la Tierra; es decir, hay más transistores que hormigas, y por cada ser humano se dispone de 100 transistores (2) para tomar decisiones en la operación de productos que abarcan desde automóviles hasta lavadoras, juguetes y hornos de microondas.
Los logros como los mencionados han sido para el siglo XX lo que la máquina de vapor fue para el XVIII; y el telégrafo para el XIX; la máquina de vapor inició la era de la producción en masa y la del transporte ferroviario rápido; el telégrafo, la de la comunicación instantánea; y el transistor, la de la información, además de generar industrias como la de producción de chips que, si en 1990 representaba 50,000 millones de dólares, en 1997 significó 140,000 millones de dólares, y la que se espera logre empacar 250,000 millones de chips en una memoria hacia el 2012 (3).
El vínculo entre el hombre y el silicio, materia prima principal de los transistores, no es nuevo, pues nuestros antepasados más remotos en su proceso de hominización al construir y emplear herramientas de silicato, desarrollaron su inteligencia; sin embargo, no fue sino hasta la Segunda Guerra cuando las cualidades del silicio, en cuanto a semiconductor, o sea de regulación de flujo eléctrico, comenzaron a apreciarse en el control y amplificación de señales y en la detección de señales de radar, dando origen al transistor.
Después de que Shockley creó la primera empresa manufacturera de transistores en lo que hoy se conoce como el Valle del Silicio, tocó a Robert Noyce, de la empresa Fairchild, y a Jack Kilby, de Texas Instruments (4) descubrir independientemente uno del otro, cómo integrar varios transistores, y otros componentes eléctricos en segmentos de silicio, surgiendo el microchip, el caballo de fuerza de la microelectrónica moderna y de la computación personal.
Muchos consideran que estamos en la era de la información no tanto por la generalización del procesamiento de datos, sino porque es posible analizar de forma creciente casi cualquier problema como si se tratara de uno de manejo de datos, y contemplar el mundo como un frenesí de datos que aguarda ser dominado.
Durante ese lapso, investigadores estadounidenses y británicos se orientaron hacia la utilización de tubos de mercurio para almacenar datos, cuyo acceso resultaba lento y difícil; al juzgar ventajoso emplear CRT como memoria de lectura/escritura (RAM, Random Acces Memory), Kilburn y sus colegas construyeron "Baby", la primera computadora con memoria electrónica, la cual tuvo como tarea inicial, mediante sustracciones sucesivas, encontrar el mayor factor propio de dos elevado a la potencia 18.
Baby (6) fue construida a partir de interruptores de control provenientes de radios de aviones Spitfire y de válvulas destinadas inicialmente a sistemas de radar; medía dos metros de alto y cinco de largo, más o menos el tamaño promedio de las computadoras de entonces; sin embargo, en 1949, el logro de Baby era tan prometedor que la revista Popular Mechanics se arriesgó a pronosticar que las computadoras en el futuro podrían llegar a pesar menos de tonelada y media. Ante el potencial del descubrimiento de Kilburn y Williams, el Gobierno británico desarrolló un proyecto conjunto con la empresa de computadoras Ferranti, la que en menos de tres años, con base en la Baby, desarrolló la computadora comercial Mark One (7), el ancestro de las Ferranti Atlas, de los 60, y de las mainframes ICL, de los 70.
A raíz de la innovadora integración de software y hardware creada por esos investigadores ingleses, surgió una prodigiosa mejora continua del hardware, el cual casi mensualmente se vuelve más rápido y barato, mejora que desafortunadamente no ha sido acompañada por un ritmo comparable con el avance del software; por ejemplo, a lo largo de una generación no han sido modificadas sustancialmente ninguna de las categorías básicas del software del cómputo personal, como son las interfaces gráficas de usuario, o programas caballitos de batalla, por ejemplo, procesadores de palabras y hojas electrónicas de cálculo.
Dichas categorías, más allá de las apariencias, son el mismo sistema de interfaces con base en ventanas, punteros y ratón, conocido como WIMP, Windows Interfaces and Mouse Pointers, desarrollado en Xerox Parc, en 1973, quedando aún como promesas pendientes sistemas de software orientados a objetos, o sea los que se desarrollan, prueban, mantienen y mejoran, como cualquier otro producto o servicio industrial.
De ahí que investigadores como Mead desde hace más de quince años decidieron abandonar la exploración de eventuales posibilidades de circuitos digitales, y optar por estudiar el funcionamiento de las neuronas del cerebro humano a fin de reproducir el "pegamento eléctrico" de ese órgano en chips de silicio mediante comparar imágenes almacenadas con las obtenidas del mundo real.
Los chips neuronales, se espera sean factibles para algunos tipos de procesamiento hacia 2017 y 2027, al lograr vincularlos a chips digitales que aún entonces serán óptimos para el procesamiento matemático intensivo.
Por otra parte, Pattie Maes argumentó que lo que se ha manejado en las últimas cinco décadas como inteligencia artificial, es probable evolucione en los próximos 50 años hacia prótesis hombre-máquina que amplíen y superen deficiencias de la inteligencia humana.
Para Maes, los investigadores en ese campo, después de cerca de 50 años, tienen poco que informar acerca de cómo opera el cerebro y de cómo extrapolar dicho funcionamiento a aplicaciones prácticas. En cambio, mediante técnicas de inteligencia artificial más convencional, pronto se contará con "agentes de memoria" con capacidad GPS (Geographical Positioning System) para rastrear lugares visitados por una persona, recordar con quién habló, y mantener registros del correo electrónico recibido. Tales agentes proporcionarán información "justo a tiempo", que harán recordar al usuario nombres, información y correspondencia como ojos y oídos adicionales.
En mundos virtuales como los de Maes, las computadoras administrarán por nosotros la lista de compras, nos ayudarán a relacionar nombres con caras y a encontrar compañeros que compartan nuestros intereses, y que así ayuden a conectar puntos que en la vida de muchos tienden a estar desvinculados.
A pesar de todas las promesas tecnológicas anunciadas, quizá lo que más sorprenda en los próximos 50 años a usuarios e innovadores de la computación, sea lo mismo que causó la mayor admiración en los primeros 50 de la computación: "la manera en que las masas (jóvenes/viejos y hombres/mujeres, entre otros) se involucran con las computadoras, al centrarse en ellas como dispositivos de comunicación, elemento éste fundamental en la construcción de comunidades", concluye Maes.
La nueva tecnología también se distingue por su incidencia en la mayor parte de las áreas del conocimiento. Su amplio impacto ha influido en las ciencias, las artes, las estructuras de producción de la agricultura, la industria y el comercio, así como en la forma en que se prestan los servicios, tanto públicos como privados. Ha modificado el uso del tiempo y la forma de vida, penetrando de hecho en todos los aspectos de nuestra existencia.
Se ha constituido en la plataforma de lo que se empieza a denominar la Sociedad del Conocimiento, cuya evolución trae a nuestra memoria los efectos de la revolución industrial, cuando el desarrollo tecnológico heterogéneo entre las naciones redefinió los liderazgos del mundo de aquella época. En un futuro cercano, las sociedades que dominen las nuevas tecnologías serán las que ejercerán el liderazgo del próximo siglo.
"Hoy, en un dinámico entorno político, económico, social, científico y tecnológico, los gobiernos en el mundo tienen que responder a una ciudadanía más consciente e informada en la que participa, de manera creciente, la conversación universal al inicio de la era del conocimiento. Hoy, los gobiernos reflexionan, se evalúan a sí mismos, realizan un análisis profundo e instrumentan acciones para responder a las aspiraciones de la población para no rezagarse, y para cumplir con sus funciones públicas en este nuevo entorno", afirmó el doctor Carlos M. Jarque, presidente del INEGI, en la inauguración del Foro Gobierno Digital: Agenda para la Era de la Información.
Por eso no extraña que en diversas regiones exista una firme voluntad de los gobiernos para impulsar la modernización integral de la administración pública. Esta corriente es conocida como "Reinventar el Gobierno"; otros, la "Nueva Administración Pública", y algunos más, el "Rediseño del Gobierno". Independientemente de los términos, en general los grandes ejes del cambio se orientan a mejorar substantivamente los resultados y funciones del sector público, reformando incluso su estructura y operación.
No basta tomar las formas tradicionales de operar, y aplicar a ellas las ventajas de las herramientas informáticas. De hecho, una auténtica transformación y modernización gubernamental debe apoyarse en estas herramientas a partir de una verdadera reforma y adecuación de los servicios, procedimientos y estructuras, en el marco de una estrategia integral.
La tecnología que sirve de plataforma a la era del conocimiento, apoya por un lado, una operación más efectiva de los gobiernos al cierre del siglo XX, y por otro, impulsa nuevas demandas y nuevas formas de interrelación de los ciudadanos y de sus vínculos con los gobiernos ante la próxima centuria.
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