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Proyecto Observatorio Latinoamericano del Impacto Social de las Tecnologías de la Información y Comunicación en Acción

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Componente: IsTICómetros

 Pistas metodológicas para la medición del impacto social de las TIC: Aplicación en el caso argentino

Parte 2 - Etapa 1: Identificación de las demandas sociales en Argentina: Definición de demandas prioritarias.


Elaborado por:

Lic. Rubén Darío Ibáñez,

 

Centro de Estudios sobre Ciencia, Desarrollo y Educación Superior, Asociación Civil Grupo Redes.

 

Buenos Aires, Febrero de 2003

 

1.2. Identificación de la demanda social en Argentina.

 

Realizar un análisis de la situación Argentina puede remitirse al contexto de crisis política, económica y social que ha tenido su punto máximo de ebullición el 20 de diciembre del 2001, con la reacción social en contra de la política económica, situación social generada por el modelo económico y la legitimidad de la clase política cada día más distante de la sociedad y sus demandas.

 

Sin embargo, el análisis de la situación imperante y de las demandas sociales vigentes requiere hacer un breve estado de situación de la última década[1] que se caracterizó por la imposición del modelo económico, político y social impulsado por los organismos financieros internacionales y los grupos económicos concentrados, el creciente divorcio de los organismos de representación social con los sectores populares que les brindaron la legitimidad para acceder al poder y el desmantelamiento del Estado Nacional, representado por la privatización del patrimonio nacional, los ajustes del gasto social[2], el enriquecimiento acelerado de los funcionarios públicos, la subordinación de la clase política a los intereses de los sectores hegemónicos de la economía, entre otros temas que implicaron la construcción de un Estado al servicio de un núcleo reducido de actores que concentran el poder económico y que son los principales beneficiarios del accionar público.

 

A fines de los 80s y principios de los 90s Argentina se enfrentaba a una profunda crisis caracterizada por la inestabilidad de las principales variables económicas, ausencia de financiamiento externo y saqueos a supermercados como indicadores de la crisis social y económica imperante. Esta situación se remite de algún modo al enfrentamiento entre los sectores económicos dominantes, que pretendían mantener vigente el régimen de acumulación, impuesto por la dictadura militar, y la clase política que en algún momento pretendió esbozar medidas económicas orientadas a construir una nueva fase del modelo de sustitución de importaciones

 

El recambio constitucional de autoridades del Estado albergaba una nueva expectativa de cambio en el país, a través del cual la alianza de la clase política con los sectores populares revertiría el modelo político de exclusión social y económica iniciada en 1976. Como así también, generaría el desarrollo competitivo de sectores productivos nacionales intensivos en conocimiento que se encontraban en una situación de desventaja ante el modelo de apertura y desregulación económica impuesto por el gobierno militar, entre los diversos sectores se podría mencionar la “emergente industria informática”.

 

Sin embargo, las políticas de estabilización monetaria[3], mayor apertura de la economía y privatización de las empresas del Estado no implicaron un cambio sino una profundización del modelo vigente, en el que la clase política se vinculó y subordinó a los sectores económicos dominantes, tanto locales como transnacionales. Por lo tanto, el modelo de exclusión social se profundizó generando mayores índices de desempleo, pobreza y marginalidad social[4].

 

En tal sentido, los cambios no se orientaron solamente a redefinir la estructura del Estado sino a alterar la relación entre capital y trabajo, modificando la distribución del ingreso y aumentando la concentración del mismo, provocando así el empeoramiento de las condiciones de vida de los asalariados y la exclusión social de los sectores desocupados. Además, la Ley de Emergencia Económica eliminaba la política de subsidios públicos destinada al desarrollo industrial y sumado a la apertura de la economía, provocó el cierre de un importante número de Pequeñas y Medianas Empresas y el crecimiento del desempleo y el subempleo, registrándose índices de más del 30% desde 1993.

 

Finalmente, a las políticas de reforma económica se sumó la ampliación de la cantidad de miembros de la Corte Suprema de Justicia, como forma de garantizar la concentración del poder político en el Poder Ejecutivo Nacional, la subordinación del Poder Judicial y la legislación por medio de decretos de necesidad de urgencia.

 

El mencionado contexto no sólo refleja los niveles de subordinación de la clase política a las demandas de los grupos económicos locales e internacionales y la banca acreedora internacional, así como la concentración de poder político a efectos de no tener complicaciones en las políticas definidas, sino que da una clara imagen del divorcio entre los partidos políticos y la sociedad civil. Esta situación demuestra que los sectores populares no tendrán capacidad de incidencia en la política a seguir pero serán los que deban pagar los costos de la crisis.

 

Ante tal situación, la pregunta reinante es ¿por qué esta situación se prolongó durante 10 años –dos mandatos presidenciales- sin reacción de los diferentes grupos sociales?

 

Parte de la respuesta está vinculada con la expansión del crédito interno, que favoreció al crecimiento del consumo de amplios sectores de la sociedad y generó las condiciones para ampliar el consenso social hacia el modelo de acumulación. Además, la amenaza latente de rebrote hiperinflacionario fue una herramienta utilizada por el partido gobernante para lograr la cohesión social necesaria y garantizar la continuidad del esquema político y económico diseñado a principios de los noventa.

 

Sin embargo, la otra parte de la respuesta se relaciona con el descabezamiento de las organizaciones sociales que pudieran organizar y movilizar a la sociedad civil en contra del sistema impuesto. Dicho descabezamiento se da por medio de la captación de los líderes políticos, sindicales, sociales y comunitarios de aquellas organizaciones que fueran contrarias al modelo o representaran un peligro latente para los beneficiarios del mismo.

 

La metodología utilizada se caracterizó por la generalización de la corrupción y compra de los dirigentes políticos, sindicales, sociales y empresariales como lógica de la práctica social y en reemplazo de las identidades ideológicas, sociales, culturales, entre otras.

 

El modelo económico entra en crisis a fines de los 90s producto de la fuga de capitales y la prolongada recesión de la economía interna que, provocó la transferencia de las inversiones hacia segmentos de la economía intensivos en recursos naturales y vinculados con el mercado externo y hacia activos financieros radicados en el exterior.

 

El nuevo gobierno que asume el poder en 1999 se enfrenta ante la confrontación de los sectores dominantes debido a la caída de la tasa de ganancia que brindaba el modelo y la necesidad de adoptar medidas que reactiven el modelo de acumulación vigente. Asimismo, el gobierno de la Alianza debió enfrentar una situación social caracterizada por altos índices de exclusión social, donde casi el 50% de la población se encontraba y encuentra por debajo de la línea de pobreza, más del 30% de la población económicamente activa se encontraba desocupada o subocupada, creciente desnutrición infantil, inseguridad, entre otros problemas que generó el modelo durante 25 años[5]. Además, existía un fuerte cuestionamiento de la sociedad hacia la política social desarrollada en los últimos años, la cual se caracterizó por los altos niveles de corrupción y uso político partidario de los planes sociales, principalmente en las provincias más pobres del país.

 

Sin embargo, el principal problema que debió enfrentar el nuevo gobierno fue la perdida de legitimidad y credibilidad de la clase política, debido a la frustrada reforma política[6], los permanentes y crecientes casos de corrupción e impunidad del poder político ante los ilícitos y los abusos del poder y al sistemático olvido de las necesidades sociales al momento de instrumentar políticas anticrisis.

 

En consecuencia el nuevo gobierno de la Alianza, que llegó al poder con un discurso alternativo al modelo vigente, se encontró con demandas provenientes de todos los sectores sociales y con una confianza limitada por parte de la sociedad. Las demandas sociales requerían un accionar rápido y firme del gobierno en la solución de los problemas prioritarios como son el hambre, la falta de empleo, la ausencia de infraestructura e insumos en escuelas y unidades sanitarias desbordadas por la creciente población que no tiene posibilidades de acceso a escuelas y hospitales privados.

 

Las presiones que ejercieron los grupos de poder[7] y la permeabilidad del gobierno ante dichas presiones generaron ante la sociedad una situación de parálisis, ineficacia, inacción y debilidad del gobierno de la Alianza frente a la crisis imperante. Dicha debilidad llevó a que el gobierno adoptara políticas de ajuste salarial hacia la administración pública con el fin de resolver el déficit fiscal y mantener el modelo vigente, profundizando así la recesión y exclusión social.

 

En consecuencia, la perdida de legitimidad social del gobierno y la confrontación de los sectores dominantes provocaron la crisis general del sistema político. El cual fue cuestionado por desentenderse de los problemas relacionados con las demandas prioritarias que provenían de los sectores populares. Además, la lucha contra la corrupción quedaba en un segundo plano debido a los negocios comunes existentes entre el partido en el poder y los dirigentes del ex partido gobernante, lo que implicó la continuidad de la corrupción como práctica política dominante.

 

La continuidad de los ajustes, el crecimiento de la brecha social, la ineficiencia y ajuste sobre la política social, la generalización del hambre en los sectores de menos recursos, la continuidad de la corrupción, la ausencia de políticas de reactivación económica y el congelamiento bancario de los ahorros[8] provocó la reacción social del 19 y 20 de diciembre del 2001 que demandaba en primera instancia la remoción del Ministro de Economía y el cambio de rumbo de las medidas económicas pronunciadas por el gobierno nacional. Sin embargo, la falta de reacción del gobierno nacional generó un vacío de poder que terminó anticipadamente con el gobierno aliancista.

 

La crisis de legitimidad de la clase política provocó la sucesión de Jefes de Estado durante lo que restaba del mes de diciembre. Finalmente, un nuevo acuerdo entre los principales partidos generó las condiciones mínimas para la asunción de un nuevo gobierno de transición que intentara hacer frente a los principales problemas e iniciara el proceso eleccionario para generar un proceso de transición democrática legítima.

 

El nuevo gobierno que se inició en el 2002 impulsó el proceso de devaluación monetaria controlada por el Banco Central de la República Argentina, beneficiando así a los sectores de la economía vinculados con el mercado externo. El proceso de devaluación generó nuevamente una fuerte reacción especulativa y alza de los precios de los productos básicos de consumo[9]. Además, las deudas y gran parte de los ahorros en dólares se convirtieron a pesos, lo que implicó reacciones de los ahorristas y los acreedores locales e internacionales.

 

Más allá de la situación de los sectores medios y altos, la devaluación y la suba de los precios provocó, una vez más, en los sectores populares la caída del valor real del ingreso y la disminución de la capacidad de consumo de todos los sectores de la sociedad. Ante dicho contexto, los sectores populares optaron por diferentes vías para satisfacer las necesidades básicas de consumo como por ejemplo el trueque o la producción hogareña de alimentos, generando problemas sanitarios debido a la falta de controles.

 

Además, la caída del consumo trajo de la mano la disminución de la inversión y ajuste de los gastos por parte de las empresas y los sectores medios y altos de la sociedad lo que implicó el crecimiento de la desocupación y la marginalidad social. Finalmente, la desconfianza en el sistema bancario llevó a que los ahorristas guardaran su dinero en los hogares lo que provocó un aumento acelerado de la inseguridad urbana y la delincuencia, que adoptó modalidades particulares como los secuestros en las calles y los robos en las casas.

 

Por su parte, las políticas sociales del Gobierno se han orientado a brindar asistencia económica[10] y alimentaria a los sectores excluidos, pero las limitaciones presupuestarias y la gran cantidad de población demandante hace que dichos programas tengan un impacto positivo limitado.

 

Más allá de los cambios en el contexto nacional, las demandas sociales se mantienen y se profundizan, principalmente en los sectores populares de los suburbios urbanos y más aún en las zonas rurales. En consecuencia, las principales demandas sociales identificadas son[11]:

1.      Solución a los problemas alimentarios que tienen los sectores excluidos, principalmente los problemas de la desnutrición infantil que está ocasionando cada día más muertes en el cuarto país productor de alimentos.

2.      Solución al problema del desempleo a partir de una política de reactivación económica que genere fuentes de trabajo e inclusión social a amplios sectores de la sociedad. Como así también la recomposición del mercado de trabajo; específicamente refiriéndose a la oferta de trabajo (recalificación laboral; crear en los trabajadores condiciones de empleabilidad; capacitación; desarrollo de actitudes de emprendedor; etc.)

3.      Erradicación de la corrupción inserta en todos los niveles del Estado y principalmente en los programas de asistencia social, caracterizada por el uso político de los planes o desvío de fondos y productos para la venta particular. Como así también mayor transparencia de la gestión pública en todos sus ámbitos, a partir de creación de sistemas o mecanismos de participación y control ciudadano.

4.      Reactivación de la inversión privada y promoción industrial para las pequeñas y medianas empresas.

5.      Impulsar una reforma política profunda que debata temas fundacionales del país, como el sistema de representación, eliminación de los privilegios, entre otros y recomponga las expresiones políticas e ideológicas.

6.      Una Justicia ética, transparente, independiente del poder político y económico, eficiente y eficaz, que brinde a la sociedad seguridad jurídica en su concepto jurídico[12], es decir: igualdad ante la ley sin excepciones, jueces imparciales e independientes y previsibilidad de las consecuencias de las acciones.

7.      Recomposición del Sistema Nacional de Salud y del Sistema Educativo, principalmente en aspectos vinculados con la infraestructura y los insumos.

Redefinición de los acuerdos con los organismos financieros internacionales, con el fin de priorizar el gasto social antes que la deuda externa.



[1] Se analiza la última década debido a que es considerada como la etapa de profundización del modelo de apertura y desregulación económica iniciado en 1976 por el proceso militar. Por lo tanto, corresponde aclarar que el modelo de exclusión social se inicia con el golpe militar, se continua durante la primera fase de la democratización y se acentúa durante 1989/1999 bajo la responsabilidad de Carlos Menem como jefe del Gobierno Nacional.

[2] La educación y la salud pública han sido los ámbitos afectados por los recortes presupuestarios y la delegación de las responsabilidades del gobierno nacional a los gobiernos locales, sin alterar los acuerdos de coparticipación federal. Además, la política social vinculada principalmente con sectores carenciados o grupos particulares como los discapacitados o la tercera edad fueron ajustadas o discontinuadas.

[3] El plan de Convertibilidad estableció la paridad 1 a 1 de la moneda local con la moneda norteamericana.

[4] Es importante señalar que hay un consenso expresado por un grupo de líderes sociales orientado a definir que la profundización de este proceso no hubiera sido posible sin la desaparición de una generación de cuadros de los distintos sectores políticos y sociales durante la última dictadura militar.

[5] Es importante destacar la opinión de Rodolfo Rapetti de WAMANI que señala: “la desocupación es funcional al modelo de acumulación; el hambre y la desesperación que arrastra amparan soluciones coyunturales como los clubes de trueque o las organizaciones de cartoneros, pero también el delito. El 90 % de los presos en la actualidad es de primera condena. La “seguridad” es una demanda que no puede resolverse en términos democráticos si no es comprendida como parte de un problema que involucra a todos los aspectos económicos y políticos del país”.

[6] La Argentina vivió una “sorda” reforma política que dio a luz a formaciones como el Frente Grande, el Frente País Solidario, Acción para la República, últimamente el ARI, afirmó Rapetti. El entrevistado la llamó “sorda” porque para nada fue consecuencia de un debate con participación social como el que se dio en la reforma política post “mani pulite” italiana. Por ello, las nuevas formaciones políticas, en algunos casos, apenas llegaron a enunciar el problema.....  En consecuencia, Rapetti enfatizó en que esta situación sólo puede resolverse en el marco de una profunda reforma política capaz de reconstruir la expresiones político  ideológicas de la sociedad.

 

[7] La crisis del modelo de acumulación vigente trajo aparejado la fragmentación del poder económico generó dos grupos que se enfrentan hasta la actualidad. Uno de ellos, son los acreedores externos y las empresas transnacionales que invirtieron en las empresas privatizadas que ejercen presión sobre la clase política a fin de imponer la dolarización de la economía y limitar el gasto del sistema político, principalmente las provincias. Este grupo está liderado por los organismos financieros internacionales (FMI – BM) y utilizan las demandas sociales como argumentos para la imposición de sus intereses económicos pero no buscan una solución real a la crisis social. Por otro lado se encuentran los grupos locales o nacionales que ejercen presión a fin de provocar la devaluación de la moneda y lograr así obtener beneficios del proceso exportador. Estos grupos locales están integrados por los grupos económicos nacionales e internacionales vinculados con el mercado exterior, sectores de la burocracia sindical y la iglesia e intentan esbozar un proyecto nacional caracterizado por el crecimiento económico a partir del crecimiento de las exportaciones y el fortalecimiento del actual sistema político (Un análisis detallado del tema puede encontrarse en el libro “Sistema Político y Modelo de Acumulación” de Eduardo Basulado). En consecuencia, debe hacerse hincapié en que ninguno de los grupos está preocupado realmente por la situación social del país y los planteos están orientados a mantener el sistema social, político y económico.

[8] El congelamiento de los ahorros fue denominado corralito y se caracterizó por retener el dinero (centralmente en dólares) de todos los ahorristas sin importar el monto y destino. Dicha medida, provocó la reacción espontánea y desorganizada de la sociedad (principalmente los sectores medios y altos) en contra de la continuidad del modelo. Sin embargo, debe dejarse en claro que la confrontación social en contra del gobierno tiene diferentes caras y siguen siendo demandas individuales o sectoriales. Por ejemplo, los ahorristas en el corralito demandan el reintegro de su dinero pero eso no implica necesariamente un apoyo a la demanda de comida, empleo o de inclusión social proveniente de los sectores de menores recursos de la sociedad. En consecuencia, la reacción social que provoca la caída del gobierno no se relaciona con la articulación de diferentes demandas sino la suma de demandas particulares.

[9] El mayor aumento se registra en los productos alimenticios, debido a que el proceso exportador es más beneficioso que proveer al mercado interno, provocando el desabastecimiento ante los intentos de controlar los precios por parte del gobierno.

[10] El plan Jefas y Jefes de Familia otorga 150 pesos mensuales por familia lo que equivale aproximadamente 40 dólares estadounidenses.

[11] Las demandas sociales están ordenadas por nivel de prioridad. Dichas prioridades han sido definidas por los actores sociales y especialistas participantes en el proceso de construcción del trabajo.

[12] Linares Quintana, Tratado de las Ciencias del Derecho Constitucional, dice: “LLámase seguridad jurídica al conjunto de las condiciones que posibilitan la inviolabilidad del ser humano y la que presupone la eliminación de la arbitrariedad y violación en la realización y cumplimiento del derecho por la definición y sanción eficaz de sus determinaciones, creando un ámbito de vida jurídica en la que el hombre pueda desenvolver su existencia con pleno conocimiento de las consecuencias de sus actos y, por consiguiente, con verdadera libertad y responsabilidad”

    

 

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Creado: 04/08/2003
Actualizado: 04/08/2003
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